lunes, 20 de junio de 2011

El fín para el comienzo

Llevo años quejándome de mi vida matrimonial. Tengo un hijo lindo pero un matrimonio que me pesa cada día más. Durante años he sentido lo que es la miserableza anímica pura. No tolero a mi marido, no tengo sexo con él hace más de 6 meses y de deseo, ni hablar, eso no existe entre nosotros desde hace hace más de 4 años cuando quedé embarazada de mi niño y él no quiso ponerme un dedo encima porque le daba miedo, aunque yo siempre creí que el miedo no tenía nada que ver con su falta de deseo sino le daba asco verme la barriga gigante y peluda, los pezones negros, la impresión de chupármelos y de que le saliera la primera gota de leche,  o calostro como le llaman.  A un amigo le pasó, y yo cometí el error de comentarlo con mi marido.  Creo que quedó tan traumatizado con la historia que no quería ni acercarse por mi fábrica de leche que bien grande sí estaba y me hacía ver todavía más desproporcionada.

Después de mi embarazo, la vida sexual terminó. Entre teteros, trasnochos, productos para hidratar los pezones y una barriga tan destemplada como un globo de cumpleaños una semana después de la fiesta,  perdimos el deseo, y luego el respeto por el tiempo del otro.

A mí no me importaba su trabajo, yo sentía que el mío era más duro, más importante y menos significativo en términos económicos. Nos empezamos a convertir en esos matrimonios de caricatura en los que el hombre llega de trabajar a ver a su esposa vuelta mierda después de un día de cambiar pañales, dar teta y hacer comida.  No conforme con ello, los reproches que vienen y van de parte y parte no nos permitieron disfrutar de medio segundo de nuestra compañía.

Ahora que ya el niño está grande, la brecha entre los dos mide tanto como nuestro hijo y no nos resistimos un día más.  Ayer se fue de la casa para no volver jamás y yo me siento entre aliviada y dolida y dolida no por la ruptura sino por los años que perdí  intentando mantener algo que estaba condenado al fracaso desde el principio.

Hoy me siento en la sala de mi casa y siento el silencio del vacío que dejó y me duele.  Solo espero que todo pase pronto para poder olvidarlo y dejar de sentir este miedo paralizante que me aterra por mi hijo, por mi situación económica, por mi futuro.

Levanto la cabeza de apoco, con los ojos hinchados por el llanto y miro hacia adelante y aunque veo mi futuro negro, me emociona porque no tengo que compartirlo, porque me pertenece y porque le ganaré esta pelea a la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario